Lee Marvin siempre me ha parecido un actor con un gran poder de fascinación, algunos de sus papeles de alto voltaje resultaron decisivos para que esas películas en las que participó lleguen a ocupar hoy un lugar estelar en la historia del cine. Los Sobornados o El Hombre que Mató a Liberty Valance son dos de mis grandes favoritas, pero también otras de diferente calibre pero mismo resultado como A Quemarropa o Código del Hampa, dos verdaderas joyitas algo más escondidas. Esta última, un fantástico remake dirigido por Don Siegel del clásico film noir de Robert Siodmak Forajidos (The Killers). La estupenda adaptación de Siodmak del relato de Hemingway protagonizada por el gran Burt Lancaster exhibe una técnica magistral en la construcción del film, a base de flash-backs concatenados. El resultado es sobresaliente.Con sólo revisar la filmografía del malo de Marvin podríamos llenar muchos posts. La propia fascinación proyectada por el actor a través de sus múltiples papeles llevó incluso a crear esa especie de sociedad secreta denominada Sons of Lee Marvin, que al parecer fundaría el cineasta Jim Jarmusch, basándose en el parecido físico de sus integrantes y a la cual pertenecerían, entre otros, Nick Cave y Tom Waits. Se ha escrito bastante respecto a esta sociedad, y lo cierto es que ni siquiera los implicados niegan su existencia.
Existe algún que otro aspecto que pasa más desapercibido tras la figura de Lee Marvin. Hoy quería acercarme a La Leyenda de La Ciudad sin Nombre, la adaptación para el cine, en clave de western, del musical Paint Your Wagon, y en la que obviamente la música cobra un protagonismo especial. La banda sonora para la película, dirigida por Nelson Riddle, colaborador de Frank Sinatra entre otros, llegaría a estar nominada a los Oscars en 1970. En la misma escuchamos a un Lee Marvin con sabor a un imaginario Leonard Cohen. Wand'rin Star me transporta a un lugar perdido en el Oeste. Esa abandonada voz, acompañada por unos lejanos coros y unas notas disueltas en el aire, ejerce sobre mi un efecto ciertamente desconcertante. En su día más de uno quedaría eclipsado por esa melodía y por esa extraña voz, aferradas al número uno en las listas inglesas durante tres semanas. Desde aquel marzo del setenta el grave susurro de Marvin cesó casi para siempre, resucitando por última vez muchos años después en el funeral de Joe Strummer, por deseo expreso del músico.











